
Santo Domingo, D.N.
República Dominicana
31 de Diciembre del año 2010
Amados Hermanos:
Muchos días han transcurrido desde que nos conocimos en La Gracia de Dios, en Sto. Domingo, mas una letra no habían recibido de mi. Sin embargo, cada día, le doy gracias al Señor por colocarnos en Su senda, y a El la gloria por la esperanza que han sembrado las palabras en nuestros corazones.
Aquel día, en que se celebró la charla sobre el matrimonio, a la que acudimos para complacer la petición de nuestra hermana de sangre Carmen, ocurrió para mi lo inimaginable; empecé a transitar un proceso de transformación interior, al terminar las oraciones de despedida me sentí acogido por la atmósfera tan espiritual que allí reinaba; a mi entender, ya la semilla de la Fe habia sido sembrada.
El día siguiente, asistimos al servicio dominical de La Gracia de Dios y mientras mi hermano y su amada esposa ministraban la palabra, sentía que todo mi interior bullía, como si mi cuerpo quisiera liberarse de un pesado fardo de emociones acumuladas por toda una vida. Recuerdo, que en el momento en que preguntaron a los que allí estaban presentes si alguno quería darle su vida al Señor, quise en origen levantar mi brazo, pero algo lo hacía más pesado de lo habitual, algo se oponía en resistencia. Ahí fué, cuando empecé a llorar desconsoladamente como un niño; nunca habia llorado así en mi vida adulta, es más, no recuerdo haber llorado en muchos años. En ese momento, sentí una presencia, una sensación inusual, algo que me envolvió, ya no era yo quien estaba allí, no gobernaba ni mis emociones, ni mis movimentos, mi brazo se extendió para expresar mi sometimiento al Señor, mientras mi cuerpo temblaba y todo mi ser se estremecía....